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| Imagen: Violencia en las favelas de Río / Fuente: AFP |
La delincuencia en la ciudad de la eterna primavera parece haberse disparado sin control. En el penal de El Milagro los extorsionadores hacen de las suyas sin freno alguno. En Florencia de Mora, El Provenir y La Esperanza, las bandas criminales tienen sus guaridas y forman secuaces nuevos, aprovechándose de la pobreza y las crisis familiares.
Productos de esta degeneración social son menores como "Gringasho", un sicario adolescente que carga varios "trabajos" en su haber.
Es una dura realidad: Los trujillanos nos sentimos -me incluyo- profundamente atemorizados ante carteristas, "marcas", extorsionadores y sicarios.
Ante este duro y agrio panorama, la solución simplista asoma, casi sin vergüenza alguna: "Que los maten a todos". Muchos no lo dicen en público, pero sí que lo piensan. Como si se tratara de una plaga de roedores o cucarachas. Como si las cucarachas estuvieran extintas a pesar de las distintas y poderosas marcas de insecticidas inventadas.
Esta es una sociedad asustada, eso es innegable. Pero no podemos permitir que ese miedo nos convierta en una sociedad psicótica.
Porque, aunque parezca ilógico, aunque debe haber quedado de la experiencia de la lucha contra Sendero Luminoso, la función del Estado no es asesinar al enemigo, sino administrar justicia. Y en ninguna parte del Código Penal figura el ajusticiamiento como medida adecuada para reponer los daños que los delincuentes puedan haber causado.
La ejecución extrajudicial no hace que el mundo mejore, nos hace peores. ¿Y alguien pensó en mejorar las condiciones de vida en loss distritos en los que se gesta el crimen? ¿No? Ok.










