Todos somos Dorian Gray

Retrato de Dorian Gray, por Ivan Albright,
para filme de 1943
Oscar Wilde nos "retrató" a todos. Absolutamente todos.

No porque hayamos hecho algún místico remate de nuestras almas en el que está envuelto un retrato, sino porque todos tenemos ese cuarto oscuro en el que escondemos un cuadro igualmente repugnante.

Porque hemos matado -no siempre literalmente, aunque hay quienes sí-, hemos mentido, hemos hecho daño de alguna forma más o menos brutal, a los demás.

Porque definitivamente, alguna vez en nuestras vidas, despreciamos a Sibyl Vane.

Y esa habitación hiede.

Es esa parte de nuestra humanidad que, con justa y moral razón, nos averguenza.

Sin embargo, a diferencia de Dorian, condenado por el mensaje moral de la novela, que lo lleva a morir acuchillándose -al retrato, o sea a él-, nosotros, mortales de carne y hueso, sin más tinta que la que no lavamos de nuestras manos tras mancharnos con un lapicero, tenemos dos alternativas.

La primera, indiferente, confiada en que la puerta de ese cuarto no será vencida por ningún espía ni por el cerrajero más habilidoso, es hacer como si el cuadro, el cuarto, las ratas y las cucarachas ahí radicantes, no existieran.

Eso, claro, es imposible. El cuadro y el cuarto -y las ratas y las cucarachas- estarán ahí por siempre, y cada día el cuadro se pudrirá más. Lo que es peor: tú siempre sabrás que está ahí. Y, como Dorian, lo visitarás para asustarte y lamentar la condición en que el cuadro y el cuarto están. Luego cerrarás la puerta y el cuadro, una vez más, 'no existe'.

Así murió Dorian Gray.

La otra alternativa requiere coraje, porque involucra una gran capacidad de meterte entre toda la basura -y las ratas y las cucarachas-, abrir las ventanas y sacar toda la, disculparán, mierda que puedas encontrar. Aún más, requiere de un sincero compromiso por no ensuciar más la habitación ni dañar más esa pintura, que en algún momento significó lo más hermoso de ti.

Y aún más: humildad y esperanza. Porque el cuadro no lo podrás volver a pintar, pero hay quien sí puede.

Y ahí es donde queda más clara la necesidad de Dios en nuestras vidas.

Paul Hewson (a.k.a. Bono), help me here: "Estaría en un gran problema si el Karma fuera a ser finalmente mi juez. Estaría en una profunda m-----. Eso no excusa mis errores, pero me sostengo por la Gracia. Me sostengo porque Jesús cargó mis pecados en la Cruz, porque yo sé quién soy...".

Y esto no nos garantiza que el cuarto no se vuelva a ensuciar. Pero el que menos limpia una vez a la semana, en Domingo.

La otra lección que debe quedar clara es que el que no tenga un retrato de Dorian Gray, que tire la primera piedra.

¡El balón es mi amigo!

Oliver Atom, conocido niponamente como Tsubasa Ozora, era un niño prodigio del fútbol que tenía la debilidad de llevar el balón hasta el baño.

No recuerdo bien en qué programa ni qué día apareció este pre-púber futbolero, pero movilizó a toda mi generación al futebol, como le llamaría Roberto Zedinho, el crack brasileño que le prometió a Oliver llevarlo a Brasil a ser una gran estrella.

Eventualmente nos enteramos de que Roberto le rompió el corazón a Oliver, dejándolo moqueando en el aeropuerto sin llevarlo a Brasil. Ya para ese momento de la historia, yo me había cansado de romperme la espalda tratando de hacer una chalaca con el giro completo.

Aquellos eran días en los que la estupidez televisiva nos duraba la hora que sumaban Super Campeones y Caballeros del Zodiaco, para luego ir a experimentar disparos espectaculares y puñetazos con sabor a constelación con los amigos.

Teníamos amigos, no sólo 400 contactos en Facebook ni medio millar de seguidores en Twitter. Y uno de esos amigos era nuestro balón de fútbol.

¡Apaga tu batería!

Hay quienes tienen virtudes artísticas de encomiable práctica en un edificio de diez pisos: la pintura, escritura, la cocina, el twitter, o el concentrado arte de sentarse frente a Amor, amor, amor por un par de horas.

Sin embargo en todo edificio, como en todo grupo humano, vive algún sujeto con ímpetus bulliciosas, antisociales, con luchas e intrigas familiares que le han sembrado la profunda intención de ensordecer a su madre, a su padre y, en el camino, al perro.

Durante casi tres horas ya, este hijo de sorda madre mantiene en arrítimica vibración mis intenciones de mandarlo a tantear si sus baquetas pueden tener mejor propósito como instrumento de limpieza digestiva.

De rato en rato, un compañero suyo en la ensordecedora misión pero con padres que lo mandaron a mirar si los chanchos ponen en el edificio de su amigo, interviene con algún solo de guitarra, inspirado en las experimentaciones orquestales de los frenos de un microbús viejo.

Para ti, con mucho cariño: ¡cállate, carajo!

[Imagen: Gageasourus Rex!!!!]

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