La verdad es que jamás fue mi intención arrastrar una deuda tan pequeña durante tanto tiempo. Pero la contradicción surgió en el mismo instante en el que la deuda se gestó: una extraña mezcla de orgullo con vergüenza, de dulce y ácido (como aquel riquísimo chicle hoy descontinuado).
La tarjeta dorada adicional que cortezmente me había dado mi padre, con la sana y confiada intención de que la use solamente para sacar un ticket beneficiado en la espera del banco, resultó teniendo saldo 0 al pasarla por el POS de Librería Adriática y rebotanto una y otra vez, a medida que la señorita pasaba la tarjeta de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Gustavo Rodríguez, el escritor en recreo de publicista, firmaba los autógrafos de los pocos que fuimos y de los menos que compraron. Y la tarjeta que seguía rebotando. Intenté ir al cajero y soñar que sí había saldo y que solo era un problema del POS, pero no. Y mi libro firmado se iba esfumando.
Pero Gustavo se compadeció y financió los treinta y cinco nuevos soles que costaba el libro, me lo firmó recordando el pasado monárquico de mi nombre y me encargó un papel con su número de cuenta en el BCP y su correo electrónico.
Después de eso, el orgullo y la vergüenza entraron en escena: La alegría y la deuda. Y jugaron ping pong mes tras mes, acompañados de mi habilidad para dilapidar mi dinero en los primeros días de cada treintena, y un juego a las escondidas con el papelillo de marras donde Rodríguez había dejado su número de cuenta. Pasaron así casi tres años, hasta que me reencontré con la hoja y los debidos 35 soles en el bolsillo (y más, para cualquier pago de trámite). Resultó aquel día que dicha cuenta ya no existía.
Y no había forma desde entonces de pagarle a Gustavo Rodríguez, mi ídolo de infancia comunicativa. Y qué palta que se acuerde. Y qué palta escribirle a su mail diciéndole "aún te debo".
Y por algún motivo Alfieri resultó teniendo entre los enlaces de su blog a la web de Gustavo, y no pude resistirle a la tentación desvergonzada de avisarle que existo y que le debo.
Las fechas deben estar algo mal configuradas, no recuerdo que haya sido en mayo sino quizás en algún mes más reciente. Pero ahí su respuesta, bonachona y con un compromiso que estoy dispuesto a cumplir. Ahora solo falta tener, una vez más, los treinta y cinco soles.
Por cierto, el libro lo leí casi enteramente en un viaje de avión Lima-Iquitos. Genial, aunque sigo prefiriendo La Furia de Aquiles.










David Ramos dice:
Te debo aún -y lo recuerdo con la debida vergüenza- 35 soles. Hazme saber cuando vuelvas por Trujillo. Y perdóname los intereses. Un abrazo.
03/05/2009, 11:44gr dice:
Hola David, mejor hagamos una cosa. Con ese dinero compra otro libro igual -si es que te gustó, claro- y regálaselo a alguien que te importe. ¡Un abrazo!
03/05/2009, 12:17