
Nunca me han cuadrado los desfiles por fiestas patrias. No me asentaban bien las horas bajo el sol de domingo, los caramelos de limón salvavidas, los "¿estaré marcando el paso bien?, creo que me equivoqué, ¿por qué todos están levantando la pierna derecha y yo la izquierda?, izquierda-bombo, izquierda-bombo". Sólo me gustaron -en demasía- los desfiles de antorchas, pero eso es otra historia.
Le perdí el gusto bastante temprano en mi vida al himno nacional, a la marcha de banderas, a la mano en el pecho, a la escarapela obligatoria, y a todas esas ridiculeces que nos hacen patriotas. Quizá los 90s fueron un mal momento para aprender a ser patriota. Quizá Loreto, un departamento patriotero y exagerado en sus ademanes nacionalistas y regionalistas, fue un terrible lugar para graduarme en patriotismo. Quizás me jode despertar un domingo temprano para darle vueltas estilizadamente a una plaza de armas, cualquiera que sea, donde fuera.
Mi última marcha escolar la hice en Iquitos, para una juramentación de "patrullas escolares", con un correaje blanco que caía a cada movimiento por mi brazo. El sol de 10 de la mañana fue torturador, la camisa la traía empapada, y ni hablar de cómo andaba todo bajo el negro pantalón escolar. Pero ya que Diego solicitó una anécdota de escape, esa será la que anotaré a continuación.
Fue en primero de media, poco antes de que abandonara Trujillo. Un policía con ínfulas de capataz atormentó a todo hombre en capacidad de marchar existente en el plantel. Cada mañana antes del primer recreo damas y varones eran retiradas de sus aulas cual reses, de manera similar a cuando los judíos eran trasladados de los guetos. Para nosotros, los varones, los súbditos del antes mencionado efectivo policial, eramos entrenados casi para la guerra. Porque en aquellos días el desfile de 28 de julio era una guerra, que si bien casi todo alumno de colegio particular sabía que perdería debía combatir. Casi casi como en las guerras de verdad.
Era intolerable. El tombo aquel usaba como utensilio de motivación una varita de madera apodada "cariñosito". No hace falta describir para lo que lo utilizaba. Bien lo recordarán espaldas y manos escolares por muchos días más, por muchas fiestas patrias más.
Pero siempre habrá de brillar la luz, y para otros cinco compañeros junto conmigo esta apareció bastante pronto. Una mañana el director de la banda escolar acudió a nuestro salón requiriendo seis muchachos de relleno para su batallón. No tocarían nada sino que sostendrían una corneta cada uno sobre su pierna. Nada más fácil. Nos enlistamos en la banda para que de la forma más indulgente nos enseñaran a caminar al ritmo adecuado. Porque en el batallón de la banda no se levantaba la pierna hasta el cielo, se caminaba. Todo después fue sencillo y nunca volví a ver al policía ni a su "cariñosito". Y si no fuera por aquella mañana iquiteña con mi uniforme de patrulla, no hubiera vuelto a desfilar.
¡Qué fiestas patrias ni qué nada! Finalmente, más allá de tanta parafernalia a nadie le importa un carajo el Perú. Espero que hayan aprovechado sus días de feriado.
En respuesta a un concurso patriota
David | 8:46 PM | | 3 comentarios
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3 comentarios:
weno, definitivamente no entras a concursar por los grandes premios (recordar premios, un gato del año nuevecito, y una chela helada), maledecto :p
mejor celebremos fiestas patrias viendo a Leisy Suárez montada sobre la bandera en ese caballo como dios la trajo al mundo!!
Ahí sí todos somos peruanos!
jajaja, todos tenemos un pasado de qué avergonzarnos, jajaja, oye yo en cole nacional y de los q ganaban todos los años en barranco, nunca desfilé en la secundaria, ni me cortaban el pelo ni me agarraban a palazos jaja, y q curioso, sacaba 19 en comportamiento, (en 4to y 5to) antes siempre me querian botar, jaja. buena david.
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