Carta para una niña preciosa

Querida Isabel,

Hoy, mientras tomaba un café y esperaba a un amigo que nunca llegó, pensé en tu madre. En verdad ya estoy harto cansado de pensar y de hablar de ella, y tú lo sabes perfectamente. Pero también sabes que me resulta muy complicado el dejar de hacerlo, hija. Entre el arribo del capuchino y el pago de la cuenta, pasaron demasiadas ideas flotando sobre mi cabeza. Tú sabes, su cobardía y su habilidad para dar vueltas de trompo sobre el aire. Al girar la cuchara, tras vertir los dos sobres de azúcar blanca en la tasa, pensaba precisamente en todas las vueltas que tu madre y yo le hemos dado a nuestra extraña relación. ¿Quién le ha dado más vueltas, Isabel, ella o yo?. Creo que yo le he dado demasiadas vueltas a estar con ella, y ella, en sus vueltas, me ha esquivado.

Lo sé, algún día tendré que cansarme de esto. De hecho, me canso de cuando en cuando. Pero tú bien sabes que me basta el encontrar sus ojos para que mis intentos desfallezcan, y vuelvo a quedar atrapado en ese torbellino causado por sus revoluciones de trompo.

Isabel, sé que te disgusta pero sigo intentando volver a enamorarme. He conocido a una mujer excelente: dinámica, madura, divertida; con muchas de esas cualidades de las que tu madre no dispone, e intentaré progresar con ella. Es lo más conveniente.

Bueno hija, tengo que terminar algunos asuntos relacionados a la familia. Tus abuelos persisten en consentir a tus primos y tu tía aún se encuentra atascada en Iquitos, con ellos. Cuidate mucho, estudia. Espero en otra misiva poder hablarte de una madre completamente diferente.

Te Quiere,
Papá.

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